El poder del perdón
El perdón no es una muestra de debilidad, ni tampoco es renunciar a la verdad y a la justicia.
El perdón constituye uno de los fenómenos más complejos de la experiencia humana. A primera vista parece un acto sencillo: alguien causa un daño, pide perdón y la otra persona lo concede. Sin embargo, un análisis más detenido revela que bajo esta secuencia aparentemente simple se entrecruzan cuestiones lingüísticas, éticas, psicológicas, jurídicas y filosóficas. El perdón no es únicamente un sentimiento ni una fórmula social; es un acto que transforma la relación entre dos personas y que modifica la comprensión que ambas tienen de sí mismas y, sobro todo, del otro.
La lengua refleja esta complejidad. En español distinguimos entre “lo siento”, “disculpa” y “perdóname”. Estas expresiones no son equivalentes, porque cada una realiza un acto distinto. Esta diferencia lingüística permite comprender que el perdón no comienza cuando se pronuncia una determinada palabra, sino mucho antes: cuando una persona reconoce el daño causado y otra decide si está dispuesta a abrir la posibilidad de una reconciliación. Precisamente en esa posibilidad reside el verdadero poder del perdón.
La expresión española “lo siento” procede del verbo sentir. Literalmente significa experimentar interiormente el dolor producido por un acontecimiento. Por ello puede utilizarse incluso cuando quien habla no tiene ninguna responsabilidad en lo sucedido: “Lo siento mucho por la muerte de tu padre.” En este caso no existe culpa alguna; únicamente empatía. También puede emplearse cuando sí existe responsabilidad: “Lo siento por llegar tarde.” Sin embargo, incluso entonces la expresión sigue describiendo un estado emocional. Comunica arrepentimiento, pero no constituye necesariamente una petición de perdón.
Muy distinta es la expresión “perdóname” o “te pido perdón”. Aquí ya no se describe un estado interior. Se realiza un acto dirigido hacia otra persona. El hablante reconoce que ha causado un daño y solicita al ofendido que renuncie al resentimiento y considere posible la reconciliación.
Desde la teoría de los actos de habla desarrollada por J. L. Austin y John Searle, esta diferencia resulta fundamental. Decir “lo siento” es un acto expresivo: manifiesta un sentimiento. Decir “perdóname” es un acto directivo: solicita una respuesta del interlocutor. El primero mira hacia el interior del hablante; el segundo transforma la relación entre dos personas.
Esta diferencia permite comprender que el perdón nunca es un acto unilateral. El ofensor puede arrepentirse profundamente. Puede reconocer su culpa e incluso reparar materialmente el daño causado. Sin embargo, ninguna de esas acciones basta para producir el perdón, porque este pertenece a la libertad del ofendido.
En palabras de Paul Ricoeur, el reconocimiento de la culpa constituye una condición importante para el perdón, pero nunca lo produce automáticamente. El perdón no puede deducirse de ninguna obligación lógica ni jurídica. Permanece siempre como un acto libre.
También Emmanuel Lévinas subraya que la responsabilidad hacia el otro precede a cualquier norma o contrato. El rostro del otro interpela éticamente al sujeto antes incluso de que este formule una teoría moral. Desde esta perspectiva, la petición de perdón no crea la responsabilidad; simplemente la hace explícita.
Por ello, resulta imposible exigir el perdón como si se tratara de un derecho. Puede exigirse el reconocimiento de la culpa, puede reclamarse una reparación e incluso una disculpa pública, pero nadie posee el derecho de ser perdonado. Lévinas nos recuerda que el reconocimiento del otro es la condición previa para romper con ese determinismo totalitario que nos impide abrirnos al infinito y a la libertad.
En España, la actualidad está dominada por la permanente confrontación entre actores políticos que, con frecuencia, exigen a sus adversarios pedir perdón por supuestas faltas cometidas. A primera vista, parece una simple exigencia. Sin embargo, este acto contiene varios significados simultáneos. Afirma que ha existido una ofensa y que el ofensor debe asumir públicamente la responsabilidad por el daño causado.
Pero existe un tercer significado, mucho más sutil.
Al ser la concesión del perdón un acto que cabe dentro de la libertad exclusiva del ofendido, realmente la persona que exige ese acto está indicando que el perdón todavía es posible y la relación entre ofensor y ofendido aún no se considera definitivamente rota. La petición de perdón funciona entonces como una condición para reabrir el diálogo y abrir el camino hacia la reconciliación.
Sin embargo, al analizar las frecuentes exigencias de pedir perdón públicamente que vemos en el clima político envenenado de nuestro país, podemos observar un fenómeno que nos induce a pensar que la reconciliación no figura muy prominentemente entre las prioridades de nuestros representantes públicos.
Vemos casi a diario situaciones en donde el ofendido, o sus autoproclamados representantes, exige castigo tanto por el reconocimiento de responsabilidad (que acompaña implícitamente la petición de perdón) como por la negativa por parte del ofensor de pedir perdón.
Esa instrumentalización del perdón elimina cualquier incitación a que el supuesto ofensor pida perdón. La reconciliación no es posible ya que lo único que busca el ofendido es una sanción en forma de humillación del ofensor al experimentar la vergüenza de reconocer la culpa en público.
¿Cuál es la finalidad del perdón?
Hannah Arendt afirmó que el perdón posee una función política y antropológica de enorme importancia. Toda acción humana produce consecuencias imprevisibles. Si los seres humanos fueran incapaces de perdonar, quedarían prisioneros para siempre de sus acciones pasadas. El perdón introduce la posibilidad de comenzar de nuevo. El perdón es el conducto que puede llevar a la reparación de las relaciones dañadas mediante el reconocimiento de la responsabilidad, la reparación del daño y la recuperación de la confianza, interrumpiendo la cadena interminable de acción, resentimiento y venganza.
El perdón no es una muestra de debilidad, ni tampoco es renunciar a la verdad y a la justicia. Perdonar significa decidir libremente que el daño recibido no tendrá la última palabra sobre la relación entre dos personas o comunidades. El perdón constituye una de las formas más profundas de libertad que surge únicamente cuando ambas partes recorren un camino en el que confluyen el reconocimiento de la culpa, la responsabilidad, la reparación y la libre decisión de abrir un futuro distinto al pasado, donde su relación deje de estar determinada exclusivamente por la ofensa sufrida.
Quizás por ello, el perdón continúa siendo una de las manifestaciones más altas de la dignidad humana: porque nos recuerda que, incluso después del error, del rencor, del arrepentimiento, siempre permanece abierto a un nuevo devenir.