La UE - un modelo alternativo frente a tendencias autoritarias
Foto: STEPHANIE LECOCQ / POOL (EFE)
El reciente acuerdo alcanzado en el seno de la Unión Europea para garantizar la financiación a Ucrania sin recurrir directamente a los fondos rusos congelados constituye un hito político y jurídico de notable relevancia. En un contexto internacional marcado por la guerra, la fragmentación geopolítica y la erosión de normas compartidas, este acuerdo revela la capacidad de la UE para articular respuestas colectivas que combinan eficacia práctica, cohesión política y respeto por los principios del orden internacional.
Desde el punto de vista político, la decisión de financiar a Ucrania mediante mecanismos de financiación conjunta refuerza la idea de solidaridad europea como fundamento estructural del proyecto comunitario. La UE no solo actúa como un espacio económico, sino como una comunidad política capaz de asumir costes compartidos ante una amenaza común. La asistencia a Ucrania deja de ser una suma de iniciativas nacionales descoordinadas y pasa a expresarse como una política común, lo que incrementa su legitimidad interna y su credibilidad externa. Este aspecto resulta particularmente significativo en un momento en que las tensiones entre Estados miembros y el auge de posiciones euroescépticas podrían haber bloqueado cualquier acuerdo de esta envergadura.
Ahora bien, la relevancia del acuerdo no se limita a su dimensión financiera. La renuncia explícita a utilizar los activos rusos congelados como fuente directa de financiación tiene una profunda carga normativa. Aunque desde una perspectiva instrumental podría parecer una solución inmediata y políticamente atractiva, su aplicación habría planteado serios problemas en relación con el respeto al derecho internacional, la seguridad jurídica y el principio de inmunidad soberana. Al evitar esta vía, la UE refuerza su compromiso con el denominado “rules-based order”, es decir, un orden internacional basado en normas, procedimientos y garantías jurídicas, incluso en situaciones de conflicto extremo.
Este posicionamiento adquiere especial valor como contraste con ciertas derivas recientes observables en Estados Unidos, donde se han normalizado prácticas políticas que relativizan el respeto a las reglas, las instituciones y los límites jurídicos en nombre de la eficacia, la seguridad o el interés nacional inmediato. Frente a esta lógica, la UE opta por una estrategia más lenta y compleja, pero también más coherente con los valores que proclama: legalidad, previsibilidad normativa y primacía del derecho. En este sentido, el acuerdo no solo apoya materialmente a Ucrania, sino que también funciona como un acto performativo que reafirma la identidad normativa de la Unión en el escenario global.
En conclusión, el acuerdo alcanzado puede considerarse una doble victoria para la Unión Europea. Por un lado, demuestra que es posible alcanzar consensos amplios en materia de financiación conjunta, reforzando la solidaridad entre Estados miembros y la capacidad de acción común. Por otro, al abstenerse de utilizar los fondos rusos congelados, la UE consolida su compromiso con el mantenimiento de un orden internacional basado en reglas, ofreciendo un modelo alternativo frente a tendencias autoritarias. En tiempos de creciente incertidumbre, esta combinación de solidaridad y legalidad constituye uno de los principales activos políticos y morales del proyecto europeo.