Feminismo y tradición: lo que Taiwán puede enseñarnos

Mazu - versión feminista

Durante años, el debate internacional sobre Taiwán se ha centrado casi exclusivamente en los semiconductores, la disuasión militar y el equilibrio geopolítico en Asia oriental.

Sin embargo, limitar la importancia de Taiwán a su papel tecnológico oculta otro fenómeno igualmente notable: su modelo social y democrático. En particular, el lugar que ocupan las mujeres en la vida pública taiwanesa —no solo en la política, sino también en la economía y en la sociedad civil— ofrece un caso interesante para reflexionar sobre la relación entre tradición, religión y feminismo.

Este hecho resulta especialmente relevante cuando se compara con el caso español, donde el feminismo contemporáneo se ha desarrollado en un contexto muy diferente y con una configuración política mucho más marcada.

Taiwán presenta uno de los niveles más altos de representación política femenina del mundo. Más del 40 % de su parlamento está compuesto por mujeres, una proporción superior a la de muchas democracias occidentales. El país ha tenido además una presidenta durante dos mandatos completos, Tsai Ing-wen, y, actualmente, tanto la vicepresidencia como la jefatura de la oposición están ocupadas por mujeres.

Lo significativo es que el liderazgo femenino se encuentra ampliamente normalizado en distintos niveles de la sociedad: en la política local, en la administración pública, en organizaciones sociales, en los movimientos artísticos e incluso en instituciones religiosas.

En parte, esto se explica por elementos culturales propios. La religiosidad popular taiwanesa otorga un lugar destacado a figuras femeninas, como la diosa del mar Mazu, una de las divinidades más veneradas de la tradición china. A ello se suma la influencia de redes budistas y taoístas donde el liderazgo femenino es casi la norma. Un ejemplo notable es la organización humanitaria Tzu Chi Foundation, fundada por la monja budista Cheng Yen. Con hospitales, universidades y programas de ayuda internacional en decenas de países, esta institución muestra cómo el liderazgo femenino puede surgir también desde ámbitos religiosos y comunitarios.

En el mundo empreserial, existen numerosas mujeres en posiciones relevantes dentro de sectores estratégicos, incluida la industria tecnológica de Taiwán. Un ejemplo destacado es Cher Wang, cofundadora de la empresa tecnológica HTC. Bajo su liderazgo, HTC se convirtió en uno de los primeros fabricantes globales de teléfonos inteligentes basados en Android. Otra figura importante es Doris Hsu, presidenta y directora ejecutiva de GlobalWafers, uno de los mayores fabricantes mundiales de obleas de silicio, un componente esencial para la industria de los semiconductores.

Estos casos no constituyen simples excepciones individuales. En una sociedad fuertemente basada en pequeñas y medianas empresas, a menudo de naturaleza familiar, el liderazgo femenino en el ámbito económico se ha notado desde hace décadas. Las mujeres taiwanesas presentan altos niveles de educación superior, especialmente en áreas científicas y técnicas, lo que facilita su presencia en sectores profesionales y tecnológicos, y ha favorecido la participación femenina en la gestión empresarial.

En España, el desarrollo del feminismo contemporáneo ha seguido una trayectoria diferente. Desde la transición democrática, y especialmente durante las últimas décadas, el movimiento feminista ha estado fuertemente vinculado a la esfera política, particularmente a partidos y corrientes situados en el espectro de la izquierda. Esto ha permitido impulsar reformas legislativas importantes: leyes contra la violencia de género, políticas de igualdad laboral o medidas de paridad en las instituciones.

Todas esas medidas han sido avances esenciales hacia la modernización de España. Pero, su vinculación con agendas más amplias de carácter ideológico, también ha contribuido a que el feminismo se perciba con frecuencia con una agenda política específica, lo que ha intensificado su carácter polémico dentro del debate público, generando –desgraciadamente– confrontación política innecesaria, cuando debería haber sido una parte integral de un consenso democrático general.

La igualdad de género es un objetivo ampliamente compartido. Sin embargo, la forma en que se articula políticamente puede influir en su aceptación social. Cuando la igualdad depende casi exclusivamente de intervenciones legislativas o de agendas partidistas, puede generar resistencias. Sin embargo, cuando la igualdad se integra en la cultura social, en las instituciones y en la vida cotidiana, puede convertirse en una norma ampliamente asumida.

Uno de los aspectos más interesantes del caso taiwanés es que cuestiona una idea muy extendida en los debates contemporáneos: la de que tradición, religión e igualdad de género son necesariamente incompatibles.

En muchas sociedades occidentales, el feminismo se ha presentado como un proyecto que exige romper con tradiciones culturales consideradas patriarcales.Taiwán demuestra que existe otra posibilidad: una evolución interna de la tradición que permita integrar la igualdad sin destruir el marco cultural existente. La religiosidad popular, el budismo o las prácticas comunitarias taiwanesas no desaparecieron con la modernización democrática. Al contrario, siguieron formando parte del tejido social que permitió consolidar la participación pública de las mujeres.

El caso de Taiwán demuestra que tradición cultural, religión y democracia pueden convivir con una igualdad política y social avanzada entre hombres y mujeres. En una época en la que el feminismo se encuentra cada vez más atrapado en la polarización política de muchas democracias occidentales, esta experiencia constituye un recordatorio valioso.

La igualdad no siempre necesita confrontarse con la tradición.

A veces puede surgir desde dentro de ella.

Anterior
Anterior

Nuevos españoles - rurales

Siguiente
Siguiente

No olvidamos