No olvidamos

Shoah

Hoy no es un día cualquiera. El 27 de enero de 1945, entraron las tropas soviéticas en Auschwitz, el campo de exterminación más conocido, y liberaron a los pocos supervivientes que quedaban.

El Día Internacional de la Memoria de las Víctimas del Holocausto nos convoca a un ejercicio de recuerdo que no es meramente histórico, sino profundamente ético. La Shoá (el Holocausto) constituye una ruptura radical de los fundamentos morales de la civilización europea y un recordatorio permanente de hasta dónde puede llegar la deshumanización cuando el otro es reducido a una categoría, a un número o a un enemigo abstracto.

Recordar a las víctimas no implica únicamente honrar su memoria, sino asumir una responsabilidad activa frente al presente. Como subrayó el escritor italiano Primo Levi, el Holocausto no es un acontecimiento cerrado en el pasado, sino una advertencia permanente: ocurrió porque fue posible, y puede repetirse allí donde se normalice el odio, la indiferencia o la exclusión.

En esta misma línea, Hannah Arendt mostró que el mal extremo no requiere necesariamente fanatismo ideológico, sino que puede surgir de la pérdida de la capacidad de pensar y juzgar desde la perspectiva de los otros. La destrucción de este juicio reflexivo —condición básica de la vida moral y política— es lo que permite que el mal se vuelva banal y socialmente aceptable.

La mera pasividad ante una injusticia –desde “es cosa de otros” hasta el más agresivo “algo habrán hecho para acabar así”– es un síntoma de esa aceptación acrítica de algo que se presenta como verdadero, sin indagar en su origen o la motivación que se esconde detrás. Somos responsables como seres racionales y emocionales de mantener activa la facultad ética de discernir.

La tradición judía expresa con claridad esta dimensión ética de la memoria. El Talmud afirma: “Quien destruye una sola vida es considerado como si destruyera un mundo entero; y quien salva una sola vida es considerado como si salvara un mundo entero” (Mishná, Sanedrín 4:5). Esta enseñanza subraya la dignidad irreductible de cada ser humano y la gravedad absoluta de toda forma de violencia sistemática.

El cristianismo nos acerca esta idea personificándola en la figura de Jesús quien identifica su propia persona con la del otro vulnerable: “Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25,40).

Conmemorar el Holocausto es reafirmar el valor de la vida humana, la primacía de la responsabilidad moral y el compromiso ineludible de cada uno de nosotros con la justicia, la verdad y la vigilancia frente a cualquier forma de negacionismo o banalización del mal, aunque sea un mero “no es cosa mía”.

לא נשכח ולא נשכיח

No olvidaremos ni dejaremos olvidar.

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