Adamuz - altura de miras
Comparto estas líneas desde una profunda tristeza por el accidente ferroviario ocurrido ayer en Adamuz. Ante todo, mi pensamiento está con las víctimas y con sus familiares, a quienes deseo trasladar mi cercanía y solidaridad en un momento de dolor difícilmente expresable con palabras. Cuando una tragedia irrumpe de forma tan abrupta en la vida cotidiana, nos recuerda con crudeza la fragilidad de nuestras certezas y la necesidad de acompañarnos mutuamente.
En situaciones así, la respuesta de la sociedad es decisiva. España ha demostrado en numerosas ocasiones —de manera particularmente visible durante la pandemia— que es capaz de sacar lo mejor de sí misma: la ayuda desinteresada, la cooperación entre desconocidos, el apoyo a quienes sufren y la capacidad de sobreponerse colectivamente a la adversidad. Esa reserva moral y cívica sigue ahí. Conviene activarla de nuevo, canalizando la empatía en gestos concretos de apoyo, respeto y acompañamiento, y evitando la indiferencia o el ruido innecesario.
Al mismo tiempo, resulta imprescindible apelar a la responsabilidad de quienes ocupan espacios de poder y representación pública. El dolor de las víctimas no puede ni debe convertirse en un instrumento de confrontación partidista. Utilizar una tragedia para obtener réditos políticos no solo es moralmente reprobable, sino que añade sufrimiento al sufrimiento y erosiona la confianza ciudadana en las instituciones. En una democracia madura, la discrepancia es legítima; la instrumentalización del duelo, no.
Hoy más que nunca necesitamos altura de miras, contención y respeto. Que el centro de nuestra atención sean las personas afectadas, su memoria y su derecho a un duelo digno. Y que, como sociedad, sepamos responder con unidad, humanidad y sentido de la responsabilidad, honrando así a quienes han perdido la vida y acompañando con decencia a quienes permanecen.